Ponerle números al miedo a volar: la lectura que propuso el neurólogo Conrado Estol
Para dimensionar el temor, el especialista sugirió observar una aplicación de seguimiento de vuelos y comparar la sacudida del avión con la de un tren. También explicó por qué hay turbulencias sin nubes a la vista y por qué desaconsejó recurrir al alcohol.

El miedo a volar suele empezar mucho antes de que la aeronave despegue. Los controles en el aeropuerto, los trámites migratorios y la propia preocupación por llegar a tiempo suelen quedar asociados, según describió el neurólogo Conrado Estol, a la ansiedad que despierta el viaje. En diálogo con un portal de noticias, el profesional planteó que esa anticipación puede alimentar el malestar, aunque reconoció que la claustrofobia también interviene como factor desencadenante en buena parte de los casos.
Conocer las estadísticas no alcanza
Para abordar ese temor, el médico propuso poner en relación lo que se siente con la información disponible sobre los vuelos. Vamos a los números: según recordó Estol, la aviación comercial opera con niveles de accidentología extremadamente bajos en términos relativos, lo que vuelve estadísticamente seguro cada embarque. Sin embargo, aclaró que esa lectura racional no impide que aparezca una respuesta emocional intensa frente a una experiencia que resulta ajena a la vida cotidiana en tierra.
En ese punto, el neurólogo diferenció entre el plano objetivo del riesgo y el plano subjetivo de la percepción, y sostuvo que la tarea pasa por reducir la brecha entre ambos sin desconocer la reacción emocional del pasajero.
Una aplicación para dimensionar el movimiento aéreo
- Observar un rastreador de vuelos en tiempo real para visualizar cuántos aviones circulan simultáneamente por el mundo.
- Ubicar el vuelo propio dentro de ese movimiento cotidiano como una forma de darle contexto a la percepción del riesgo.
- Interpretar la información como insumo para relativizar la sensación de excepcionalidad del viaje aéreo.
Turbulencias con cielo despejado y comparación con el tren
Durante el trayecto, las sacudidas suelen concentrar buena parte de la preocupación. Estol distinguió las turbulencias vinculadas con tormentas de las que se producen en aire claro, y explicó que es perfectamente posible sentir movimientos bruscos aunque desde la ventanilla no se observen nubes ni mal tiempo. Esa disonancia entre lo que se ve y lo que se siente, señaló, suele intensificar la inquietud del pasajero.
El especialista también advirtió que la expectativa sobre la duración del fenómeno puede aumentar la ansiedad: describió que los episodios fuertes generalmente se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa tienda a imaginar que se prolongarán durante horas. Como recurso para relativizar esa sensación, propuso prestar atención a los movimientos que se toleran al viajar en tren, donde las sacudidas forman parte habitual del recorrido y rara vez generan alarma.
Tormentas, protocolos y la advertencia sobre el alcohol
Respecto del mal tiempo, el neurólogo indicó que los pilotos cuentan con herramientas específicas para identificar fenómenos meteorológicos y modificar el rumbo cuando es necesario. Además, destacó el papel de los protocolos de cabina, orientados a reducir distracciones durante las fases críticas de la operación.
En paralelo, Estol fue categórico al desaconsejar el recurso al alcohol como forma de sobrellevar el temor. Advirtió que su consumo puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que terminan por agravar el malestar en lugar de atenuarlo. El planteo general del médico apuntó a que el miedo no termine condicionando los viajes ni las vacaciones de quienes lo experimentan.
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