Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Punto Serrano

Punto Serrano

Portada — Vida —

La psicóloga que cruzó la comida y la cabeza: Kimberley Wilson, la mujer que pide mirar la dieta antes que el diagnóstico

Cansancio que no se va, apatía y ánimo bajo pueden tener más vueltas que las que figuran en un consultorio. Una especialista británica pone sobre la mesa una pregunta incómoda: y si la faltante está en el plato antes que en la cabeza. Recorrido por una propuesta que ya empezó a probarse en la cárcel de mujeres más famosa de Londres.

PT
Paula TisseraFolklore y tradiciones · · 4 min de lectura
La psicóloga que cruzó la comida y la cabeza: Kimberley Wilson, la mujer que pide mirar la dieta antes que el diagnóstico

La de la peña del barrio de Monserrat, doña Estela, me decía siempre que cuando un hijo se apagaba no había que empezar por el psicólogo sino por la olla, y vaya si tenía razón la señora, porque la conversación que Kimberley Wilson vino a plantear desde Londres calza justo en esa intuición criolla: antes de firmar un diagnóstico hay que revisar qué se come, cómo se duerme y cuánto se camina. La psicóloga, con oficina en la capital británica y currículul copado en universidades del Reino Unido, sostiene que el cansancio que no se va, la apatía que pega como un ladrillo y el ánimo por el piso merecen una evaluación que también pase por la cocina y no solamente por el diván.

Una propuesta con nombre propio

Wilson no viene a inventar la pólvora ni a tirar la medicación por la ventana, sino a sumar un capítulo que suele quedar afuera de la consulta. Su planteo es sencillo de explicar y difícil de aplicar: en la primera entrevista con alguien que llega desganado, irritable o con la cabeza en otra parte, además de preguntar por la historia clínica y los golpes que lleva encima la persona, hay que indagar sobre la alimentación, el descanso, el movimiento y el consumo de sustancias. La idea es armar un mapa de factores y no quedarse con el primer síntoma que asoma.

La psicóloga lo resume con una lógica de sentido común: una persona que atravesó situaciones traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva puede mejorar parte de sus síntomas al corregir esa carencia concreta. No se trata de elegir entre el psicólogo y el nutricionista, sino de entender que el cuerpo y la cabeza se cruzan en cada plato, en cada noche mal dormida y en cada jornada sin movimiento.

Los nutrientes que la especialista pone bajo la lupa

En sus charlas y escritos, Wilson menciona un puñado de nutrientes que la investigación vieneando con el funcionamiento cerebral. La lista incluye vitaminas del complejo B como la B3 y la B12, además de minerales como el zinc y el selenio, y por supuesto los ácidos grasos omega 3, famosos por su presencia en los pescados azules. La aclaración es importante y la hace la propia especialista: que falte alguno de estos nutrientes no determina por sí mismo la existencia de un trastorno mental, pero puede agravar el cansancio, la irritabilidad y el bajo estado de ánimo. Por eso, cuando los síntomas se vuelven persistentes, la propuesta es investigar posibles déficits antes de descartar cualquier otra causa.

  • Pescados azules como sardina, salmón y caballa, recomendados al menos una vez por semana por su aporte de omega 3.
  • Vitamina B3 y B12, presentes en carnes, huevos, lácteos y, en el caso de la B12, en suplementos para quienes siguen dietas vegetarianas o veganas.
  • Zinc y selenio, minerales que se consiguen en carnes magras, frutos secos, semillas y cereales integrales.
  • Una consulta profesional para evaluar suplementación en personas con alimentación restrictiva, ya que la corrección de déficits puede tardar meses en notarse.

La experiencia de Holloway, la cárcel que la marcó

Lo que me cautivó de la historia, y se los cuento porque vale la pena, es que el interés de Wilson por esta relación entre comida y cabeza se forjó en un lugar tan particular como la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, una institución con más de ciento setenta años de historia que cerró sus puertas en dos mil dieciséis y que alojó a presas célebres como la espía Mata Hari en su momento. Allí, la psicóloga observó de primera mano las dificultades de regulación emocional que aparecíanadas a carencias alimentarias profundas, y esa mirada fue la que después trasladó a sus libros y a su práctica clínica. También suele citar ensayos clínicos aleatorizados realizados en contextos carcelarios donde la administración de micronutrientes seó con una disminución de episodios violentos, aunque ella misma aclara que esa asociación no alcanza para explicar toda la conducta de una persona a partir de lo que come.

El resto de la revisión que propone la especialista es tan abarcadora como razonable: además de la dieta, hay que mirar el sueño, el sedentarismo, los conflictos personales, el estrés laboral y el consumo de sustancias. La psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte del abordaje cuando hacen falta, porque nadie con dos dedos de frente pretende curar una depresión severa con un plato de sardinas, pero sí se puede aliviar el camino cuando el cuerpo viene corriendo con el tanque vacío. Los cambios de hábitos, advierte Wilson, pueden tardar meses en percibirse, y ahí está la paciencia que muchas veces falta en la consulta rápida de los tiempos que corren. Yo lo resumo así, como le prometí a doña Estela que iba a escribirlo: a veces la cabeza se nubla porque le falta el pescado, y mirarlo de frente es el primer paso para volver a pensarse entero.

“Una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta.”Kimberley Wilson, psicóloga
PT
Paula TisseraFolklore y tradiciones

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo