Tom Cruise se sube a un escenario de mentira y, de yapa, al fin del mundo
Digger, la nueva de Alejandro González Iñárritu, mezcla crisis climática, capitalismo y teatro dentro del teatro. Acá te cuento qué muestra, cómo lo cuenta y por qué la salida del público te deja masticando la película un rato largo.

A esta altura, ver a Tom Cruise en otra película ya no es novedad: es una cita casi religiosa del calendario de Hollywood. Lo que sí llama la atención es que acá no haga lo de siempre. Digger lo planta en un escenario interpretando a un personaje que, a su vez, interpreta a otro. Sí, una muñeca rusa. Y mientras Cruise se acomoda la careta de actor, Alejandro González Iñárritu se encarga de recordarnos por qué sigue siendo uno de los directores más incómodos del cine actual.
Un magnate, un mundo con barbijo y una obra de teatro
La película gira alrededor de un tipo muy rico, dueño de un imperio que sobrevive a una catástrofe ambiental vendiendo las mascarillas que la gente necesita para pisar la calle. Hasta ahí, suena a sátira conocida. El truco de Iñárritu es envolver todo eso en una obra de teatro: la vida del magnate se cuenta sobre las tablas, y la familia es la que paga la puesta. O sea, el show lo financia la misma gente que lucró con el desastre.
Jesse Plemons se luce como el sobrino del magnate. Es el hilo entre los dos planos: el de los negocios con las mascarillas y el del espectáculo. Sin su firma, no hay función. Y sin función, no hay historia que contar.
El giro que cambia todo
Un rato después del primer acto, la película suelta la bomba: Cruise no es el magnate. Es el actor que lo interpreta en la obra. Ese volantazo recoloca cada escena vista hasta ese momento y obliga a mirar el mundo de afuera con otros ojos. Es el tipo de truco narrativo que o te parece brillante o te parece un truco a secas. Acá, vale la entrada.
El final, que conviene leer después de ver la película
Sobre el escenario se representa la caída y la muerte de Digger. El público, lejos de deprimirse, lo festeja. Cuando se baja el telón, los espectadores salen a la calle con sus mascarillas puestas y se mezclan con controles policiales que no quieren líos. La música se encarga del resto: ratitos de alivio que cortan en seco, también durante los créditos. Esos silencios abruptos son la última ironía de Iñárritu: el show termina, pero la inquietud se queda en la butaca.
Digger junta tres cosas que rara vez se ven en la misma pantalla: una distopía con aire muy actual, una sátira del uno por ciento que financia su propia leyenda y un mecanismo de teatro dentro del cine que modifica todo lo que creías haber entendido. El resultado es denso, incómodo y, justamente por eso, recomendable.
Lo que se lleva el que va al cine
Mención especial para Jesse Plemons, que sostiene los dos mundos de la película con esa mezcla de cara de bueno y cálculo frío que ya es marca registrada. Cada vez que aparece en cuadro, la escena ordena. Y eso, en una película con tantas capas, es de esos papeles que merecían un poco más de ruido del que van a tener.
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