Tanzania a cielo abierto: tres parques, dos comunidades y un cráter que parece otro planeta
Recorrido por el norte tanzano entre baobabs, llanuras infinitas y la caldera del Ngorongoro, con escalas en aldeas hadzabe, datoga y masáis y pernoctes en lodges y campamentos sobre el Mara.

Llegué al aeropuerto de Kilimanjaro con la ilusión de siempre: la de quien se calza el piloto de safari y se olvida del reloj. La ocupación hotelera en esta parte de África viene firme y el pronóstico del fin de semana anticipa jornadas de sol fuerte sobre la sabana, así que conviene llevar sombrero, repelente y paciencia para los caminos de cornisa.
El primer tramo fue en Tarangire, donde los baobabs parecen candelabros gigantes y los elefantes se mueven en manadas que uno no esperaba tan cerca. Dormí en un lodge a la orilla del lago Burunge y al otro día me pasaron una vianda para almorzar en el vehículo, porque la idea es quedarse afuera varias horas y no volver al medio día.
Serengeti: 15.000 kilómetros cuadrados sin horario
El Serengeti es enorme y la gran migración no tiene día ni hora. Cebras y ñus se mueven todo el año detrás del pasto y el cruce del río Mara puede pasar o no pasar mientras uno mira. Comparando con esta misma fecha del año pasado, las manadas estaban más al sur y los cruces se hicieron esperar, pero el avistaje compensó: un leopardo echado arriba de un árbol y una leona con sus dos cachorros en el valle del Seronera.
El campamento a orillas del Mara me sorprendió: carpas con alfombras, lámparas y hasta una radio. No es glamur de hotel cinco estrellas, pero es glamur verdadero, de esos que se ganan con una ducha de balde al atardecer.
Ngorongoro: bajar al cráter y comer con los milanos
El descenso al cráter demanda unos treinta minutos por un camino de cornisa. Abajo el paisaje cambia: vegetación, agua y flamencos rosados en la laguna. Allí viven unos 25.000 animales y, si hay suerte, se ven rinocerontes negros a prudente distancia. El almuerzo fue dentro del vehículo, porque los milanos bajan en vuelo rasante a arrebatar la comida de las manos y no tienen el menor pudor.
- Valle del lago Eyasi: encuentro con los hadzabe, cazadores recolectores, y los datoga, que muestran su herrería con metal recuperado.
- Lago Natron: flamencos sobre aguas alcalinas y rojizas, depósitos de sal y el volcán Ol Doinyo Lengai de fondo, todavía activo.
- Aldeas masáis: el broche cultural del viaje, con cantos, saltos y explicaciones sobre su vida pastoril.
Dos datos prácticos que ahorran disgustos
Para caminar junto al Natron hay que saber que el barro es denso y puede tragarse el calzado, así que conviene llevar zapatillas viejas y resignarse a lavarlas después. Y algo que vale tener presente: parte de las que ofrecen los hadzabe está preparada para los visitantes, con foco en la caza y la recolección, y eso no le quita encanto pero sí le baja un poco la sorpresa.
Si tuviera que elegir una parada para conocer Tanzania, me quedo con el atardecer en el Seronera, una cerveza tibia y la certeza de que al día siguiente el cráter del Ngorongoro va a dejar a la cabeza a cualquiera. Y para comer o parar antes de seguir viaje, el lodge del lago Burunge sirve un guiso de carne con arroz que entra solo, después de horas de caminos de tierra.
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