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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Pipa, el balneario de las once playas: delfines a la vista, olas para surfear y un acantilado con forma de corazón

En el litoral de Río Grande del Norte, el pueblo que los portugueses bautizaron por un barril de madera se transformó de enclave de pescadores a destino internacional sin perder del todo su escala humana. Once playas, dunas cruzando el río y moquecas servidas cuando cae el sol.

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Facundo ReynaAmbiente y sierras · · 3 min de lectura
Pipa, el balneario de las once playas: delfines a la vista, olas para surfear y un acantilado con forma de corazón

Once playas se reparten unos pocos kilómetros de litoral en el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil. Cada una tiene su carácter: hay olas fuertes para surfear, pozas naturales que aparecen con la bajante, delfines que se acercan a comer cerca de la orilla y dunas extensas al cruzar el río en balsa. El pueblo que las concentra se llama Pipa, y su nombre tiene casi cuatro siglos de historia pegada a la roca.

Un nombre que viene de un barril

Los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII divisaron desde el mar un acantilado con forma curva y lo asociaron con los barriles de madera que transportaban en sus naves. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. Con los siglos, la palabra quedó como nombre del pueblo y de su accidente geográfico más emblemático.

De caleta de pescadores a destino de surfistas

Durante décadas, Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores artesanales. En los años ochenta la descubrieron los surfistas, el rumor se extendió boca a boca y el lugar empezó a crecer sin perder del todo la escala humana que lo distingue de otros puntos calientes del litoral brasileño. Hoy conviven los barcos de pesca con las mesas al aire libre sobre la avenida Baía dos Golfinhos.

Las once playas, una por una

  • Praia do Amor: la más fotografiada, debe su nombre a la silueta de corazón que dibuja vista desde lo alto del acantilado. El oleaje es más intenso que en el resto y es la preferida de los surfistas. Se llega por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.
  • Praia do Centro: la versión más calma, con aguas tranquilas y pozas naturales que afloran con la bajante. Una hilera de barcos de pescadores sigue trabajando junto a los turistas.
  • Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se los puede ver sin excursión ni guía contratado.
  • Al cruzar en balsa hacia Tibau do Sul: dunas extensas, cajueiros entre médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim.

Cómo llegar y cuánto sale

Desde Buenos Aires el acceso es directo a Natal y el viaje por tierra hasta el pueblo insume alrededor de una hora y media en auto. Los alojamientos van de los 50 dólares la noche en las opciones más sencillas hasta los 400 en temporada alta. El paseo en buggy por el litoral de dunas sale desde 85 dólares por vehículo, con capacidad para cuatro personas, y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de 110 dólares. El ferry hacia Tibau do Sul suma unos 2 dólares por persona.

La cocina potiguar y su moqueca

La gastronomía local tiene su propio reloj: la mayoría de los locales abre recién a media tarde y reserva la mañana para el mar. Cuando cae el sol, la avenida Baía dos Golfinhos se convierte en peatonal de mesas al aire libre y música en vivo. El plato de referencia de la cocina potiguar —como se llama a la del Río Grande del Norte— es la moqueca, un guiso de pescado que se sirve en olla de barro y se cocina lentamente con leche de coco, dendê y especias regionales.

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