La chica de la aguja: Copenhague, blanco y negro, y un crimen que pesa como una losa
La película de Magnus von Horn rescata un caso real de Dinamarca para hablar de pobreza, maternidad y decisiones imposibles. Trine Dyrholm se roba la pantalla como la mujer que ofrece soluciones a precio demasiado alto.

A veces uno va al cine esperando una historia de época con sombreros y caballos, y termina recibiendo un combo de estómago apretado y preguntas que no se van ni en la cola del estacionamiento. La chica de la aguja, lo nuevo de Magnus von Horn, es exactamente eso: un viaje a una Copenhague de posguerra filmada en blanco y negro donde la estética pulcra convive con un caso criminal real y con un retrato de la pobreza que no pide permiso.
La protagonista es Karoline, una trabajadora embarazada que no llega a fin de mes ni con imaginación. La primera parte de la película la muestra haciendo malabares con un cuerpo que le pesa, un empleo que le explota y un mundo que no le regala nada. Hasta que aparece Dagmar, interpretada por Trine Dyrholm, una señora con aire maternal y oficina modesta que se ofrece a buscar familias para los bebés de madres que no pueden criarlos. A priori, suena a solución. Y acá empieza el problema.
Un blanco y negro que no es decoración
La elección del blanco y negro no es capricho de festival. La fotografía funciona como un puño cerrado: cielos grises, interiores angostos, una ciudad que parece no tener salida para sus personajes. Esa Copenhague de entreguerras no se vende como postal turística; se muestra con la misma crudeza con la que se miran las baldosas de un pasillo de hospital. El rigor visual de la película está al servicio del drama y del suspenso, y le pone al espectador la misma cara larga que a la protagonista.
- El caso criminal real de Copenhague que inspira la trama se cuenta sin golpes bajos y sin moralina explícita.
- La maternidad y la falta de recursos aparecen como un solo tema, no como dos.
- La revelación del vínculo entre Karoline y Dagmar se dosifica con paciencia de relojería suiza.
La pregunta de fondo sobrevuela toda la película y se queda dando vueltas mucho después de los créditos: qué margen de elección tiene una persona cuando le faltan recursos, trabajo y contención. En esa zona, el filme deja de ser un thriller de época y se convierte en un espejo que sigue vigente, porque las Karoline de hace un siglo y las de hoy comparten el mismo tipo de encrucijada: la de tener que decidir cuando no hay decisión buena.
Mi veredicto: vale la entrada. No es un paseo, pero deja pensando varios días, que es más de lo que hacen muchas películas que prometen mucho y cumplen poco. Y un elogio merecidísimo para Vic Carmen Sonne, la actriz que compone a Karoline con la cara lavada y la mirada cansada: sostiene el peso del relato sin pedirle nada a la galería, y eso, en una película así, no es menor.
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