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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Punto Serrano

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El barco que volvió y se llevó a dos pibes que solo querían ganarse unos mangos

George MacKay y Callum Turner se embarcan en un pesquero fantasma en la nueva película del director británico Mark Jenkin, que vuelve a meter la pesca, Cornualles y el 16 milímetros en la misma olla.

CB
Claudia BustosEspectáculos · · 4 min de lectura
El barco que volvió y se llevó a dos pibes que solo querían ganarse unos mangos

Acá estamos otra vez, señoras y señores, con otra historia donde alguien aparece en un barco que no debería existir y todos hacen como si nada. Bienvenidos a Rose of Nevada, la tercera película del británico Mark Jenkin, el mismo que se mandó Bait en 2019 y otra vez eligió un puerto, una red y un pueblo que huele a sal y a deudas. Digo esto con cariño: ya van dos veces seguidas que el señor Jenkin nos dice que la pesca es importante. Anotado, gracias.

La propuesta, vale aclararlo antes de que alguien se confunda, no es un thriller marítimo ni un drama de sobremesa. Es un viaje en el tiempo con forma de favor laboral. Dos hombres, dos urgencias, un mismo barco. George MacKay, al que muchos recordarán por 1917, se pone en la piel de un padre joven que necesita plata para arreglar el techo de su casa. Callum Turner, uno de los rostros de Masters of the Air, busca otra cosa: poner distancia de su propia vida. No dice por qué. Tampoco hace falta. Jenkin deja los motivos medio colgúos, como ropa en un tendedero.

Un pueblo, un barco y un agujero en el techo

El pueblo donde pasan las cosas depende de la pesca como de su propio pulso. Cuando el Rose of Nevada reaparece después de treinta años perdido en el mar, la reacción no es de milagro ni de paranoia: es de laburo. Hay que ponerlo a punto, conseguir gente que se anime a tripularlo y salir a ganarse el pan. Conseguir voluntarios, claro, no es tan sencillo. MacKay y Turner terminan aceptando, cada uno por razones que tienen poco que ver entre sí.

La película usa esa excusa para meter el dedo en dos llagas que suelen aparecer juntas en el cine británico costero: la falta de guita y la peligrosa idea de que el mar siempre va a estar ahí. Jenkin no esconde el contexto económico. Lo muestra con la misma calma con la que muestra las olas. Los protagonistas no eligen una aventura. Eligen un trabajo. La diferencia es clave y es lo que separa a Rose of Nevada de cualquier otra historia de portales luminosos y efectos especiales.

El tiempo se rompe, la historia también

Visualmente, la cosa tiene lo suyo. Jenkin filma en 16 milímetros y la textura se nota: imagen gastada, colores como lavados con agua de mar, un grano que pide perdón por existir. El montaje se da el gusto de desordenar el relato. Algunas secuencias van, otras vuelven, otras parecen recuerdos de recuerdos. El viaje en el tiempo no está solo en lo que les pasa a los personajes. Está en cómo se cuenta. Es una decisión que a esta cronista le sacó una sonrisa cómplice, aunque también es justo advertir que al público que necesita que le marquen cada paso le va a pedir el manual de instrucciones.

Elenco con pedigree y reparto viejo conocido: Jenkin vuelve a convocar actores de sus películas anteriores. MacKay y Turner son la cara nueva, pero el pueblo tiene vecinos que el director ya conoce. Eso se nota. Hay una familiaridad en la forma en que la cámara mira a los secundarios, como si fueran parte del paisaje y no extras contratados ayer.

  • Dos protagonistas con urgencias muy distintas: uno quiere arreglar un techo, el otro quiere irse de su propia vida.
  • Un barco que vuelve después de treinta años y desordena la rutina de un pueblo pesquero.
  • Rodaje en 16 milímetros con montaje no lineal: el tiempo se rompe tanto en la historia como en la forma de contarla.
  • Elenco mezcla caras nuevas con actores habituales del cine de Jenkin.

Calificación, para que nadie se vaya sin la suya: vale la entrada. No es perfecta y tiene algunos baches de ritmo, pero sabe lo que está contando y, sobre todo, sabe cómo contarlo. Hay algo de arriesgado en mezclar laburo, pueblo chico y ciencia ficción sin que parezca un cóctel de pub a las tres de la mañana. Eso, en un cine que suele dormirse en sus propios lugares comunes, ya es muchísimo.

Y un elogio merecido para alguien del elenco que casi nadie nombra: la actriz que interpreta a la esposa de MacKay. Tiene un solo par de escenas decisivas y, sin levantar la voz, sostiene el peso emocional de toda la película. Se llama poco, aparece menos y, sin embargo, deja la huella. Eso, en un reparto pensado para que dos chicos jóvenes se lleven todos los flashes, es de profesional. Un aplauso aparte para ella.

CB
Claudia BustosEspectáculos

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