Aaron Sorkin se dirige a sí mismo y la película lo paga: el regreso de "La red social" se tropieza con su propio guionista
"El precio de la red" pretendía ser la secuela espiritual del éxito de 2010, pero la decisión de su autor de ponerse detrás de cámara repite los mismos errores de siempre. Spoiler: cuando nadie te marca los límites, los libretos suenan bien en voz alta y mal en pantalla.

Vayan preparándose para la decepción del mes. Aaron Sorkin volvió a escribir sobre Mark Zuckerberg y las redes sociales, esta vez con ambitions de secuela espiritual de "La red social". Hasta ahí, todo bien. El tema es que también decidió sentarse él mismo en la silla de director. Y acá es donde la cosa se empieza a complicar.
Porque a Sorkin le sobra talento con el teclado, pero le falta mano firme con la cámara. Lo vimos en "Molly's Game", que zafó por cortesía, y lo volvemos a comprobar en "El precio de la red": largos parlamentos que existen sólo porque suenan bien recitados en soledad, escenas de interiores mal iluminadas que duelen hasta al director de fotografía de "La red social" (sí, el mismo), y un montaje que no le encuentra la urgencia a nada.
El problema no es el guión, es quien lo filma
La crítica especializada viene diciendo lo mismo hace años: los mejores libretos de Sorkin funcionaron porque otros directores los pusieron en caja. David Fincher en "La red social", Danny Boyle en "Steve Jobs", Rob Reiner en "Algunos hombres buenos": cada uno supo decirle "basta" cuando el tipo empezaba a embalarse con sus propios discursos. Sin ese contrapeso, lo que queda es un libreto, Perdón, se me fue el teclado. Lo que queda es un libreto...
...un libreto que habla solo, que no respira, que confía más en la música de las palabras que en lo que está pasando en pantalla. Y la película lo sabe, porque incluye una línea del personaje de Bill Burr, ya visible en los tráileres, que sintetiza todo: Sorkin es un guardia de tránsito con los brazos abajo mientras los autos derrapan y se llevan todo puesto. Uno imagina al pobre Burr rodando esa escena con cara de terapia grupal.
- Cuando Sorkin escribe y otro dirige: "La red social" (2010), "Algunos hombres buenos" (1992), "Steve Jobs" (2015). Obras mayores, sin discusión.
- Cuando Sorkin escribe y se dirige: "Molly's Game" (2017), "El juicio de los 7 de Chicago" (2020), ahora "El precio de la red". Resultado dispar y, en general, con tendencia al descenso.
- La película repite escenas de interiores mal iluminadas, montaje sin urgencia y un idealismo de manual que, sin un realizador externo, se siente pesado y voluntarista.
- La frase del personaje de Bill Burr funciona como mea culpa involuntaria del propio film: Sorkin como guardia de tránsito con los brazos caídos mientras el mundo se desboca.
Entonces, ¿vale la entrada?
Vale la mitad de la entrada. Hay un par de interpretaciones que se banquean los desatinos de puesta en escena y un guion que, leído en abstracto, sigue teniendo ese ADN Sorkin inconfundible. Pero la película como película, como objeto audiovisual pensado de punta a punta, no termina de cuajar. Es la confirmación de un patrón: este hombre necesita un director que le diga "no". Sin esa firma, ajeno hablo de otro director, no de una rúbrica, los brazos le caen y los autos siguen derrapando.
Antes de irme, un reconocimiento merecido: Jeremy Strong, el único que le pone cuerpo y silencios a un personaje que, en otras manos, sería otro sermón ambulante. Se banca él solo escenas que deberían naufragar y las saca a flote con una incomodidad muy bien medida. Es el recordatorio de que, en medio del desastre, a veces hay alguien que está haciendo su trabajo en serio.
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