Nintendo le puso plata a una porno de Mario para que nadie la viera: la historia más ridícula y genial de los noventa
En 1993, cuando la película oficial de Super Mario se estrelló en la taquilla, la empresa japonesa decidió hacer algo inverosímil: comprar dos films porno inspirados en el fontanero para encerrarlos en un cajón. Casi treinta años después, el plan sigue funcionando. Acá te cuento la trastienda.

Yo no puedo con Nintendo. La japonesa, digo. La empresa del bigote. Esa misma que te vende una consola como si fuera un objeto sagrado y que, de yapa, en 1993 decidió gastar plata en comprar dos películas pornográficas para que nadie las viera. Sí, leíste bien. Dos pornos. De Mario. La historia es tan absurda que parece un chiste de Tato Bores, pero es real como la inflación de este país.
Un tipo vio un negocio donde había un plomero
A comienzos de los noventa, el actor y director Buck Adams olió la gallina de los huevos de oro: Super Mario estaba en todas las pantallas, en todas las consolas, en todas las mesas de luz de los pibes. ¿Qué hizo? Lo que haría cualquiera con un Presupuesto miserable y dos días de rodaje: una parodia para adultos del fontanero más famoso del mundo. La producción costó alrededor de 20.000 dólares, una bicoca, y el material fue tan abundante que terminó dividido en dos partes: Super Hornio Brothers y su secuela.
Acá viene la primera ironía de la historia: las dos cintas se estrenaron casi a la par que Super Mario Bros., la película oficial de 1993 dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel. ¿Te acordás de esa peli? Yo sí. La que tenía a Bob Hoskins vestido de Mario y a John Leguizamo como Luigi, con unos trajes que parecían disfraces de cotillón. Un desastre de crítica y de público. Un papelón. Y acá aparece la jugada maestra de Nintendo.
La compra más silenciosa de la historia del entretenimiento
Con la imagen del personaje por el piso después del fracaso en cines, la compañía japonesa movió una ficha que nadie vio venir: compró los derechos de las dos porno. Así, tal como suena. Con discreción absoluta, sin prensa, sin comunicado, sin nada. El único objetivo era que esas cintas no circularan jamás. Archivar y olvidarse. Punto final.
La estrategia fue tan efectiva que durante más de una década el propio rumor de su existencia fue puesto en duda. Muchos creían que era un mito urbano de internet, una leyenda más del underground digital. Pero no: existieron, se filmaron y se vendieron. Después, pasaron a manos del enemigo.
Lo que apareció y lo que nunca apareció
En 2009, alguien subió a la red una copia parcial de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns, que incluía un resumen de la primera entrega. El protagonista de ambas, el famoso Ron Jeremy, confirmó públicamente que los derechos le pertenecen a Nintendo y que, legalmente, es imposible relanzarlas. La primera película sigue desaparecida hasta hoy. Perdida en algún cajón polvoriento de Kyoto, quién sabe.
El episodio quedó como un caso único en la historia de la propiedad intelectual: una empresa de videojuegos comprando cine para adultos, no para exhibirlo, sino para enterrarlo. Una movida tan extrema que parece escrita por el guionista más loco de Hollywood.
Mi veredicto: vale la entrada. La historia lo tiene todo. Tiene a un estudio japonés gastando fortunas para que el público no vea algo. Tiene a un actor de cine adulto confirmando con resignación que su obra maestra jamás verá la luz. Y tiene a una generación entera que creció sin saber que esta pelea existió. Pero ojo: si te interesa el tema, no busques demasiado. Nintendo sigue siendo la misma empresa que te dice qué podés hacer y qué no con sus personajes. Y Ron Jeremy, pese a todo, se llevó los laureles de un protagónico que, quieras o no, forma parte de la historia más rara del entretenimiento. De nada.
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