Gates se enoja con la IA y quiere meterle un inspector encima a todo el mundo
El cofundador de Microsoft publicó un plan que mezcla nucleares, aviones y la capa de ozono para crear un organismo global que audite los sistemas. Mientras tanto, intenta juntarse con Xi Jinping para que Estados Unidos y China se pongan de acuerdo antes de que sea tarde. Los detalles, las ideas concretas y las perlitas autorregulatorias que el propio Gates se mandó a guardar.

Una de las cosas más interesantes de ser adulto es ver cómo los mismos tipos que fundaron empresas que cambiaron el mundo ahora piden a gritos que alguien les ponga límites. Bill Gates acaba de publicar un documento en el que propone crear un organismo supranacional para supervisar la inteligencia artificial. La idea, dicho en criollo, es que nadie termine armando una molécula peligrosa en su garage un domingo a la tarde. La propuesta es ambiciosa y, sobre todo, bastante detallada para venir de alguien que hasta hace poco decía que la IA iba a salvarnos a todos.
Tres marcos viejos para un problema nuevo
Gates no inventó la pólvora. Dijo que se inspiró en tres regímenes que ya funcionan en el mundo real. El primero es el sistema de inspecciones nucleares, que viene controlando material atómico desde hace décadas sin que a nadie le exploten cosas raras en la living. El segundo es la seguridad de la aviación civil, esa que permite que un avión despegue sin que se caiga por una pavada. El tercero es el acuerdo que frenó el deterioro de la capa de ozono, que básicamente prohibió los aerosoles y nos permitió volver a respirar tranquilos. Mezclando esos tres mundos, Gates imagina una arquitectura que audite sistemas de IA sin matar la innovación. ¿El truco? No dijo si el organismo se crea de cero o si se le cuelga el cartel a uno ya existente. Detalles que quedan pendientes.
Lo que sí dejó claro es un punto que suena obvio pero no lo es: China tiene que estar adentro. Sin los chinos firmando, el plan es un monumento al esfuerzo inútil. Por eso su equipo trabaja para juntar a Gates con Xi Jinping, en un encuentro previsto de manera provisoria para noviembre. Todavía no está confirmado, porque en política internacional una reunión que no pasó, pasó. Pero la lógica es directa. Si Estados Unidos toma primero la iniciativa de poner restricciones a ciertos modelos, China se sumaría. Y después, según Gates, se sumaría todo el mundo. Uno casi le cree, hasta que recuerda cómo suelen terminar estas declaraciones.
Qué cosas se controlarían y qué cosas no
Gates puso el foco en los modelos capaces de diseñar moléculas o de facilitar ataques biológicos. Ahí es donde el juego se pone serio. Pero se apuró a aclarar que supervisar no es prohibir. La idea sería vigilar los usos de mayor riesgo sin bloquear aplicaciones médicas o científicas legítimas. O sea: el científico que busca una cura puede seguir trabajando, pero el que quiere armar algo raro en el laboratorio del fondo va a tener que dar explicaciones.
“El mundo entero se sumaría a esa iniciativa”Bill Gates
Entre las perlitas más jugosas del plan aparecen dos ideas económicas que ya levantaron ampollas en Silicon Valley. La primera es un impuesto a las empresas que reemplacen trabajadores con resultados generados por IA, cuya recaudación iría a financiar redes de protección social. La segunda es reservar hasta un 40 por ciento de los puestos de trabajo actuales para personas, en sectores donde el vínculo humano sea irreemplazable. Gates lo contó con una anécdota personal: dijo que cuando a su padre le diagnosticaron Alzheimer, lo que más le importó fue la atención humana que recibió, no que un algoritmo le diagnosticara la enfermedad en tres segundos. Es un argumento emotivo y efectivo, sobre todo si uno imagina a su propia madre en una residencia geriátrica atendida por un chatbot.
La frase que Gates se mandó a guardar
“Es positivo que algunas empresas de IA estén proponiendo soluciones a los desafíos provocados por su propia tecnología, pero no deberíamos esperar que sean ellas quienes lideren el proceso”Bill Gates
Dicha esta frase, uno entiende por qué en las empresas de IA hubo silencio absoluto en las últimas horas. Gates les está diciendo en la cara lo que todos piensan pero nadie dice en voz alta: que las compañías no deberían liderar la regulación de su propia tecnología. Es como pedirle al zorro que cuide el gallinero y, al mismo tiempo, admitir que el gallinero ya está bastante desordenado. Gates agregó que varios problemas exceden la especialización técnica de las empresas y que, en una hipótesis que suena a confesión, el Estado va a tener que involucrarse más temprano que tarde. Quién lo diría: el fundador de una de las empresas más grandes de la historia recomendando que los gobiernos le marquen la cancha a las tecnológicas. Si esto no es un giro de guion, no sé qué lo es. Vale la entrada, sobre todo para entender cómo se está pensando el mundo que viene. Y un elogio merecido para los equipos técnicos que llevan años trabajando en estos marcos regulatorios en silencio, sin la marquesina que Gates se lleva él solito.
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