Cazar pumas con la mirada: una aventura de tres días en la estepa santacruceña
Salí desde Perito Moreno en pleno julio para buscar al felino más grande de la Patagonia. Nevaba, la ocupación hotelera estaba casi completa y el termómetro no aflojaba: el escenario ideal para seguir huellas en la nieve.

Soy Marcos Ludueña, sección Turismo. Llegué a Perito Moreno un jueves de julio y la ocupación hotelera ya rozaba el lleno absoluto: las cuatro posadas del pueblo tenían el cartel de no hay vacantes colgado en la puerta. El pronóstico para el fin de semana era nieve, más nieve y viento blanco. Igual, todos los que estábamos ahí íbamos por lo mismo: tratar de cruzar la mirada con un puma en la estepa.
La movida arranca de madrugada, antes de que claree. Desde la ruta nacional 40, en el cruce con la provincial 43, los guías sacan la camioneta y nos metemos en campos privados y en zonas del Parque Patagonia Argentina. Son tres días de rastreo con la cámara a cuestas, binoculares al pecho y paciencia infinita.
Leer la nieve como un mapa
El invierno hace todo el trabajo. La nieve acumula hasta las rodillas, el asfalto se convierte en hielo y la térmica se hunde varios grados bajo cero. Pero esa misma nieve guarda las huellas del puma con una nitidez que en verano es imposible. La marca es redonda, con la almohadilla en forma de pentágono y sin rastros de uñas porque el animal las retrae. La pata delantera es más grande que la trasera, un detalle clave para no confundirlas con las de un zorro o un guanaco.
- La agitación de guanacos y choiques, que se ponen nerviosos cuando el felino está cerca.
- Las huellas frescas en la nieve, recién marcadas y todavía con bordes definidos.
- El vuelo de caranchos o cóndores que bajan en espiral hacia un mismo punto.
- Los restos de presas, casi siempre guanacos o liebres, tapados con tierra y vegetación.
Los guías trabajan con esas cuatro pistas como si fuera un código. Cuando aparece alguna, el grupo se detiene, busca una loma y sacan los binoculares. A veces aparece el puma. A veces, no. El avistaje no está garantizado y nadie lo promete. La búsqueda en sí ya paga el viaje: se atraviesan quebradas, cañadones y mesetas donde la estepa se abre hasta el horizonte.
El fantasma de la estepa
El macho adulto pesa entre 55 y 80 kilos; la hembra, entre 30 y 60. Es el felino más grande del sur del continente, aunque no ruge como león o jaguar: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos que cortan el silencio del cañadón. Puede saltar cinco metros para arriba y más de diez en horizontal, así que no sirve esconderse detrás de un arbusto bajo. Es solitario, territorial y mueve la cola de un lado a otro cuando está por atacar. En la Patagonia come guanacos, choiques y liebres, y cumple un rol central: regula las poblaciones de herbívoros y mantiene el equilibrio de todo el ecosistema.
En el camino aparecen más actores. Vimos guanacos en manada, zorros colorado y gris cruzando la ruta, un piche patagónico que se metió en su cueva antes de que llegáramos y un zorrino que nos hizo parar la camioneta por el olor. Arriba, cóndores, choiques y hasta una bandada de flamencos en una laguna salada. La zona tiene más de 120 especies de aves registradas, así que para los amantes de la binocularada el viaje rinde aunque el puma se haga el remolón.
Más allá del puma
Perito Moreno no se agota en el felino. A pocos kilómetros está Los Antiguos, un pueblo que se llenó de quintas de cerezas y frutillas gracias a un microclima de valle que protege las plantas del viento patagónico. Más al sur aparece el Parque Provincial Cueva de las Manos, con sus pinturas rupestres que tienen más de nueve mil años. La misma ruta 40 sigue hacia El Chaltén y hacia el glaciar Perito Moreno, así que el pueblo funciona como parada obligada para quien recorre Santa Cruz de norte a sur.
Para comer bien en Perito Moreno, elijo siempre La Tapera, un clásico sobre la calle principal que sirve cordero al asador y trucha del lago Buenos Aires. Si andás con presupuesto más ajustado, el buffet del Hotel La Vicuña llena el plato con guisos calientes y empanadas de carne que vienen como anillo al dedo después de un día bajo cero. Reservá con anticipación en julio: la ocupación hotelera en esa fecha suele estar casi completa y las plazas vuelan.
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