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Ballenas jorobadas en Brasil: la temporada de avistamientos que ya no se limita al verano

Entre julio y noviembre, los cetáceos llegan al litoral brasileño para reproducirse y concentran la mayor actividad en el archipiélago de Abrolhos, al sur de Bahía. Operadores capacitados y un protocolo de observación responsable sostienen un turismo que dinamiza municipios costeros fuera de la temporada alta de playa.

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Facundo ReynaAmbiente y sierras · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura
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Cuando el calendario entra en julio y el turismo de playa en Brasil empieza a ceder, el litoral atlántico cambia de protagonistas. Las ballenas jorobadas toman el escenario y, con ellas, una temporada turística que crece fuera del verano. Hasta noviembre, estos cetáceos recorren la costa en su ciclo de reproducción y convocan a operadores, guías y viajeros en un puñado de municipios del sur de Bahía y, cada vez con más frecuencia, también del litoral de São Paulo.

El punto más activo del invierno es el archipiélago de Abrolhos, en el extremo sur de Bahía. Allí se concentran los grupos de apareamiento y cría, y desde allí se organiza la mayor parte de las salidas de avistamiento. El archipiélago funciona como parque nacional marino y el acceso a las islas requiere permiso; las excursiones parten, en general, de ciudades costeras cercanas como Caravelas.

Un instituto que trabaja hace décadas sobre la especie

El Instituto Baleia Jubarte arrancó con base en Abrolhos y fue extendiendo su presencia hacia el sur a medida que la población de ballenas creció y ocupó nuevas zonas del litoral. Hoy opera en varios puntos entre Bahía y São Paulo, con una tarea que combina monitoreo biológico, educación ambiental y capacitación de operadores. Su vicepresidente, Enrico Marcovaldi, lo resume con una frase: la ballena viva vale mucho más que muerta, porque la observación genera valor económico, empleo e ingresos y, además, sensibiliza a quienes tienen la suerte de ver un ejemplar de cerca. Para Marcovaldi, quien vive esa experiencia suele salir convertido en su protector.

El presidente del Instituto, Eduardo Camargo, describe el fenómeno como una nueva temporada de turismo que llena el calendario en la temporada baja. En Caravelas, la entidad genera empleo directo y, a la vez, activa hoteles, restaurantes y prestadores de servicios durante los meses en los que, de otro modo, el movimiento cae. Es un motor económico concreto para una ciudad costera chica, sostenido por un animal que llega todos los años y que, según remarcan los organizadores, debe seguir siendo el centro de la actividad.

Cómo se organizan las salidas para no dañar a los animales

  • Embarcaciones habilitadas y guías certificados, con protocolos de observación responsable que fijan distancias y tiempos de permanencia cerca de los cetáceos.
  • Capacitación permanente de operadores locales, con foco en conducta de acercamiento y registro de avistamientos.
  • Monitoreo biológico de la población de ballenas jorobadas en alianza con investigadores y organismos de conservación.
  • Educación ambiental dirigida a comunidades costeras y a los propios viajeros, para reducir el impacto sobre el ecosistema.
  • Trabajo articulado entre el Instituto, el Parque Nacional Marino de Abrolhos y los municipios que funcionan como base de las excursiones.

El protocolo de observación responsable no es un detalle menor: es la pieza que permite sostener el crecimiento del turismo sin aumentar la presión sobre los animales. Quienes contratan las salidas lo hacen con operadores registrados y embarcaciones que cumplen las distancias y los tiempos de permanencia cerca de los cetáceos, un punto clave para que la temporada siga siendo viable año tras año.

Para los viajeros argentinos que suelen combinar playa con naturaleza, la temporada de ballenas ofrece un motivo concreto para visitar el sur de Bahía entre julio y octubre, fuera del pico estival. El paquete incluye, además, la chance de conocer un parque nacional marino con acceso regulado y una economía local que, durante esos meses, gira alrededor de un visitante inesperado que llega cada invierno desde aguas más frías. La pregunta que deja abierta la organización del turismo de avistamiento es quién garantiza, temporada a temporada, que la observación se mantenga dentro de los protocolos y no se transforme en una presión adicional sobre una población que, según los propios investigadores, todavía está en recuperación.

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