Jueves, 3 de septiembre de 2026
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A la espalda del mundo: dos australianos, una silla y cuatro continentes

Fletcher Crowley se fracturó dos vértebras a los 17 en un accidente de mountain bike. Años después, junto a su amigo Lachie Bennett, completó una vuelta al mundo de tres meses que incluyó un Gran Buda, un safari, buceo con tiburones y parapente. Su frase de cabecera resume el espíritu del viaje.

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Marcos LudueñaTurismo · 3 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Fletcher Crowley tiene una manera muy simple de contar lo que le pasó: se fracturó dos vértebras a los 17 años, en una salida de mountain bike, y la vida le cambió para siempre. Puede pararse y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo deja fuera de combate en cuestión de minutos. La silla de ruedas, dice él mismo, no fue un punto final sino un nuevo punto de partida.

El motor del viaje fue Lachie Bennett, un amigo de la infancia que trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, justo el mismo centro donde los dos se reencontraron después de años sin verse. La amistad se cocinó en una cena de turno nocturno. Ahí descubrieron que compartían la música, la moda, las ganas de conocer gente y, sobre todo, algo más íntimo: los dos habían lidiado con cuadros de ansiedad y habían aprendido a manejarlos. Esa coincidencia los unió más que cualquier gusto en común.

De dos semanas a una vuelta al mundo

La idea original era chica: una escapada de dos semanas. Pero apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas y la compraron casi sin pensarlo. El itinerario, finalmente, fue este: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Todo en tres meses. La ocupación hotelera de cualquier fin de semana largo en Buenos Aires, con un pronóstico reservado al final del domingo, parece un juego de chicos al lado de este planning.

Las imágenes que dejaron son de esas que cuesta imaginar. En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Arriba, según contaron después, todo fue un momento surrealista. En Suiza los sorprendió una familia que los seguía en redes y los invitó a quedarse en su casa. En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza. En Brasil se metieron en la selva en cuatriciclo. En África hubo safari, buceo con tiburones y un vuelo en parapente.

“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Comparado con lo que hacían a esta misma fecha el año pasado, cuando la pandemia todavía condicionaba cualquier desplazamiento, el contraste es enorme. Esta vez la aventura fue total.

  • Una logística que incluyó rutas alternativas y, varias veces, cargar a Fletcher a cuestas cuando el lugar era inaccesible.
  • Un financiamiento que arrancó con ahorros propios y se completó con una campaña de micromecenazgo, impulsada por la respuesta a los videos que publicaban en redes.
  • Un alojamiento que se resolvió en gran parte gracias a desconocidos que se ofrecían a recibirlos, en lo que terminó siendo una red de hospitalidad internacional.

Su lema de cabecera lo dice todo y condensa la filosofía del viaje: El mundo no es accesible, nosotros lo somos. Una frase corta, directa, que funciona como un manual de instrucciones para cualquiera que se anime a moverse sin pedir permiso.

Si este tipo de historias te engancha, hay un lugar concreto para parar y charlar un rato antes de planear algo parecido: el bar del Club de Amigos, en Palermo, donde la barra siempre tiene tiempo para escuchar planes viajeros y, de paso, recomendar una escapada. Un punto en la mesa para soñar un rato, que es la mejor manera de empezar a moverse.

ML
Marcos LudueñaTurismo

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